¡Atención! Van a leer las palabras de una persona para la cual viajar no es una circunstancia habitual sino una pequeña oportunidad esperando a ser aprovechada.
Esa oportunidad llega en este caso durante las fiestas locales, cuyo amplio panorama de alternativas mueve a quien les escribe a darse a la fuga temporalmente. Y esta vez el lugar escogido fue Londres. ¿Por qué? Bueno, y ¿por qué no? Ninguno de los que planeamos esta escapada había estado allí.
Viajar puede ser un placer, pero los trámites y esperas en el aeropuerto son bastante tediosas para el turista ocasional. Sin embargo, aparte de estar a punto de perder el avión por nuestra propia ingenuidad, el resto del camino hacia la metrópolis británica resultó tranquilo.
Una vez allí la inmensidad urbana para el habitante de una ciudad de provincias resulta algo inabarcable. Sin embargo se trata sólo de un primer choque cultural que las primeras experiencias y recorridos van mitigando. La misma ingenuidad inicial y el ansia por ver un montón de lugares de forma ordenada y en un tiempo limitado nos llevó a optar por visitas guiadas, una manera razonable de ver muchas cosas y a la vez ninguna. Aunque, finalmente, también emprendimos otros recorridos por nuestra cuenta y riesgo, gracias al concurrido y famoso
Tube, el metro de Londres.
A lo largo de un sinfin de visitas (Westminster, la Torre de Londres, St Paul, British Museum, Windsor, Stonhenge,etc) nos encontramos con un buen número de ocasiones para practicar nuestro oxidado inglés, con disparidad de resultados. Por lo pronto, la amabilidad en el trato con el cliente parece ser proporcional a la propina esperada y cuando este beneficio desaparece encuentro que la relación con el dependiente o camarero en cuestión se convierte en un tiroteo dialéctico donde el extranjero desprevenido es abatido por una rafaga verbal que denota hostilidad. Sin embargo pienso que la generalización no es algo positivo y observo que en otras ocasiones la cortesía también hace su aparición. Otra curiosidad que llama la atención al españolito medio es la diferencia de horarios, el hecho de que el madrugón sea más pronunciado y de que a las 8 de la tarde las calles queden tan desiertas como si fuese noche cerrada (con excepción del Soho y alrededores, claro).
Además de un montón de prescindibles souvenirs y de dos tarjetas de memoria repletas de fotos nos llevamos el recuerdo de una ciudad con muchas caras que en su momento fue el centro del mundo y que, de todos modos, sigue siendo jodidamente grande.
¿Volveremos algún día? El tiempo, ese señor barbudo del reloj de arena, nos lo dirá.

P.D. Sí, me había quedado con ganas de decir "jodidamente" aunque no venga a cuento.